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Sábado, 03 de diciembre de 2005


Dante, yo, y yo.

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Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad.

Pearl S. Buck


De los cerros negros que le miraban se desprendía un hálito fuerte que recorrió su pecho a velocidad indómita. Un hombre al pie de la montaña contemplaba como los árboles del otoño ardían lentamente. Lo que para algunos representa un baile en su interior, para él aquella escena estaba vacía por completo. No le hervía ningún sentimiento el ver allí la vida en si misma consumiéndose. Quizás fue su voluble espíritu el que le hizo querer más, ansiar saber el porqué se consumen los árboles. Y así, como ya hizo el iluminado en otra ocasión, empezó a caminar, empezó a subir aquella escarpada cuesta, topándose con tramos cada vez más punzantes.

En el primero hubo de andar sobre clavos ardientes, que congelaron su sangre haciendo que esta rompiese como el cristal que pierde la forma. En el segundo, se obligó a nadar sobre el rocío de una mañana helada, que le quemó su carne ya desquebrajada. Pero no creas que se venció, dificultad tras dificultad, una tras otra, las fue atravesando, atormentado por la idea de encontrar una peor que la anterior, atormentado por distinguir en su mente lo que más tarde vería. A cierta distancia, desde aquí y desde allí es difícil precisar cuanta había, una sombra se perfilaba lentamente. Su forma era humana, no la de un humano muy alto, dotado de capacidades físicas exacerbadas, no parecía tener más de dos brazos, ni unas piernas enormes. Parecía un niño. Eso era exactamente lo que era. Un niño. Cuando se le presento enfrente, no tenía palabras para dirigirse a él. Sus ojos quedaron clavados en el del crío, que con una sola mirada hizo que su alma se volcase en un eterno péndulo entre lo doloroso y la curiosidad. Aunque él no lo vio, el niño presentaba una larga línea que, recorriendo toda su cara mostraba una enorme sonrisa. Sería difícil decir con certeza que dos ojos sobre esta línea se alzaban, pero fuese como fuere, sobre aquellos uno más hacia acto de presencia. Mil guadañas podrían haberse afilado en su cuello, pero ninguna causaría un daño comparable al de su mirada. Un solo ojo que ahora no acierto a describir, un solo ojo que haciendo lo propio a su naturaleza, consiguió arrebatar el equilibrio al joven, cayendo este al vacío, mandando su cuerpo a lo lóbrego del cosmos infinito de una mente sin sentido.

Entonces los tinteros fueron llamados, está vez de forma imperiosa.


-RADIKAL-, ¡Matad al INFAME!


Escrito por The End. El 12/03 a las 18:40
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