Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Sábado, 21 de enero de 2006


Veritas odium parit

Archivado en: Escritos




Veritas odium parit
Cuándo volví a morir.

Acostumbrado a los grandes placeres de la vida, jamás imaginé que esta me deparase tal dolor. De familia aristócrata, mi naturaleza jamás tuvo en si misma una sola sangre corrompida. Exactamente igual que él...


Arropado con la fuerza que encierra una noche turbia y dolorida, sostenía levemente sobre mi mano una copa del mejor vino rojo. Ese que todo el mundo desearía, y que del mismo modo es para todo el mundo inalcanzable. Mirando la copa, quedé suspendido en un estado de éxtasis al que jamás antes, este que ahora escribe, había llegado. La cabeza empecé a torcer. Mi mano presionó con fuerza la copa, hasta que mi dedos consiguieron romperla, quedando estos, y la que los mantiene, llena de cristales y de mi propio vino rojo. Fue entonces cuando la que se torcía dejó de hacerlo. Ahora se mantenía erguida, con dos grandes ojos clavándose en la mano, el cristal, y el vino.

Grité tanto como pude, esperando la llegada de aquél hombre de confianza, que, con su gesto más desinteresado, devolviese la calma a la sala con estúpidas y banales frases que solo una fe ciega puede obtener; "Tranquilícese, Señor" "No se preocupe Señor" "Ahora le ayudo, Señor." Pero el silencio que partía aquellos páramos se mantenía intacto.

Levantándome torpemente, anduve hasta el baño más cercano que mis pies pudiesen tocar. Un viaje eterno que conseguí acabar. Con caídas y tropiezos, pero llegué. El baño en el que ahora me refugiaba había perdido, de forma misteriosa, todo su color. El blanco de las baldosas, que competía con la luz emergida de los pequeños detalles en oro, había sido reemplazado por unas paredes de ladrillos sin pintar y desgastadas. "En otro momento" pensé yo, intentando dejar a un lado que aquél sitio era tan desconocido para mí como para el que ahora lee estas líneas. Intenté entonces que la sangre dejase de fluir junto al aire, procurando cortar su salida de inmediato con un par de paños. Fue en aquél momento cuando mis ojos se cruzaron con un espejo de pie, del que yo aún, no sabía más que tú. No era más que un espejo sucio y viejo, con el marco de madera. Hasta que me acerqué.

Mi cuerpo se detuvo ante el espejo cuando quedé reflejado en él. Miraba fijamente a aquél hombre de ceño fruncido, aquél hombre que en el suelo yacía como lo hacen las hojas viejas en otoño, era él, quién con los ojos húmedos del color de las rosas me gritaba una verdad insufrible. Me mostraba que el mundo volvía a errar, que todo lo que hasta ahora había escuchado y entendido era una mentira más... Me enseñó que los cimientos, en los que me basé para descubrir los anteriores engaños que el hombre disparó contra mi pecho, eran tan falsos como un verano en la parte más alta de la antigua Rusia. No importaba ya morir embutido en un traje negro, repleto de dulces verdes con olor a fábrica quemada, no importa si ese traje es andrajoso y robado, o si esos que rigen el mundo se han fundido con tú cuerpo hasta ser parte de él. La muerte no perdona a nadie, lo único que importa es que el camino hasta ella haya sido dulce. No lo más dulce posible, sino dulce de verdad. Me volvía a reiterar, esta vez con más fuerza, la añeja y actual frase del conocido y paradójico anti-profeta, aquella que dice con gran certeza de donde radica la dificultad de vivir entre los hombres. Aquella frase que yo creí entender, ahora tomaba un sentido mucho más profundo, ahora podía no rayar la superficie de aquellas punzantes palabras.

Pero sus gritos cesaron. Sé levantó, y sin expresión alguna en su rostro se acercó tambaleante hasta encontrarse frente al mío. Sus ojos caídos me miraron fijamente, justo antes de que sus labios desprendieran sangre a borbotones.

Una sonrisa se le dibujó en la cara, aquél que en un principio no era más que un famélico-enfermizo-decadente, que no era más que una idea o un corriente, aquél, se convirtió en una afilada cuchilla que me agrietaba el cuerpo mientras en su rostro, sólo una sonrisa feliz permanecía.

¿Era yo el reflejo de mi espejo?

-Radikal- "¡Matad al infame!"


Escrito por The End. El 01/21 a las 15:05
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink


Referencias


URL para referencias

Comentarios


Comentar



Recordar datos






Los contenidos de esta bitácora están bajo una licencia de Creative Commons.

LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009