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Domingo, 22 de enero de 2006


Homo Lupus Homini - Vox Populi

Archivado en: Escritos




Homo lupus homini
Tu alegría es mi crepúsculo más abstracto.


Un rascacielos. Habitación oscura que se carga con un diván a un lado, una butaca a la derecha de este, y dos hombres acomodados uno en cada asiento. Sé puede entrever la profunda oscuridad a través de una gran ventana, que a su vez deja entrever una luminaria solo propia de las estrellas. El que permanece tumbado no es el que empieza el diálogo.

- Diga su nombre.

Y yo contesté.

- ¿Cómo se encuentras hoy?
- ¿Cómo se encuentra usted? –intenté dormir de nuevo-

Sonrió. No le vi pero lo hizo.

- ¿Porqué no me deja en paz?
- ¿Sabe usted lo que es la paz? Fuera de un concepto hilarante y destructivo,¿Sabe usted lo que es la paz? No me responda con eufemismos cargados de palabras vacías, simplemente callé o no diga nada. –me recriminó-

Puso su mano sobre mi hombro y le sentí. Sentí el dolor, sentí el sufrimiento del que huyen los humanos mirando hacía otro lado, pero yo no podía huir. Me tenía sujetado con una fuerza acérrima, hubiese deseado escapar por la ventana, caer hasta la profundidad de lo lóbrego que nunca conocí más que de vista.

- ¡Pero puedes serlo!
- ¡Y puede nevar en el infierno!

Y siguió con sus incisivas preguntas, yo caí del diván aterrado, gritando con toda la fuerza que pude, por desgracia mis gritos chocaban contra las paredes, rebotando hasta filtrarse de nuevo en mis oídos. Y le miré a la cara. ¿Cómo describirla? No era ni misericordiosa ni infernal, sólo infundía daño, angustia, y miedo. Pero no conseguía dejar de mirarla...




Vox Populi.
Hubiese preferido caer bajo una higuera.


Me alce y le golpeé. Le golpeé hasta hacerle caer. Pero volvía a levantarse, una y otra vez. Se levantaba y me miraba. Sus golpes eran más duros que los míos, es por ello que atravesé la puerta que quedaba a mi izquierda buscando refugio.
Lo que yo desconocía era que tras ella un precipicio se abría, consiguiendo que mis pies fuesen inútiles por instantes. Caí durante largo rato, hasta que conseguí tocar suelo. Quizás la palabra suelo no sería la adecuada, pues caí justo en la cima de una montaña de libros. Ellos al verme caer se abrieron, todos y cada uno de ellos, y yo empecé a leer todos y cada uno de ellos, al mismo tiempo todos y cada uno de ellos. No sé cuanto duró aquello, pero cuando acabe de leer aquellos cientos de libros, me pregunté porque los leía, si ninguno de ellos me parecía interesante. Fue una idea que pasó por mi mente a gran velocidad, como el que encuentra un mensaje de pronto en un sitio inesperado.

Y se derrumbó el cerro, se abrió dejándome a mí caer, como ya ocurrió con anterioridad, siendo presa de esa extraña gravedad que todo el mundo conoce. Aquella caída, al contrario que la preliminar, fue más rápida. Toqué suelo, esta vez sí. Dolorido y magullado alcé la vista, y de soslayo discerní al hombre de las dagas.

- ¿Porqué? –volvió a preguntar-

Yo miré entonces el entorno. El paisaje hubiese pasado desapercibido en la Comedia del genuino, tierra marcada con ardientes grietas, árboles hendidos por la fuerza del abrasador fuego, todo esto unido a las montañas negras que se dejaban entrever a lo lejos. Y volví a mirarle.

- ¿Porqué no puedo dejar de mirarte, orgulloso antagonista? ¿De que me sirve hacerlo? ¿Me es acaso útil?
- ¿Existe lo útil?

Y poniendo su mano junto a mi cara, está empezó a emanar un extraño calor, que rápidamente se convirtió en una marca sobre mi frente, un ojo sin pupila quedó allí grabado.

-Radikal- "¡Matad al infame!"


Escrito por The End. El 01/22 a las 15:38
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