Deja cargar este video, mientras, lee mi pequeño epilogo;
Odio, como tantas otras cosas, a las personas que creen que por escuchar música clásica son de un espíritu altivo, que creen que sus mentes vuelan por encima de las del resto. No les entiendo, sinceramente. La gente está en su derecho de decir que el gusto de los demás es una mierda. Nada de, “con respeto a lo que piensen los demás.” No, si no te gusta, y de verdad lo ves como una mierda, no te dejes engañar con la falsa moral del respeto. “Bisbal es una mierda.” Y me quedo tan ancho. Nada de, “A mi no me gusta”. No, considero que es una gran mierda. Y espero que la música que escucho, reciba el mismo trato que yo doy.
No les voy a engañar, escucho poca música clásica, y en determinados momentos. La poca que escucho, viene dada especialmente por Beethoven y Wagner. Y hoy, al son de sus notas, he decidido hacer un experimento:
La idea; Escribir todo lo que se me pasase por la cabeza mientras escuchaba ese tipo de música.
El método; Un documento Word, un radioblog con canciones entremezcladas de estos dos músicos, y la rapidez y fluidez del movimiento de mis dedos.
El fin; Ninguno en concreto, todo se hace para nada, pero nada se hace por todo.
Y ahora, con la ilusión de que el video de ahí arriba tenga ya una buena parte cargada, te invito a que leas las siguientes líneas, qué, como te he dicho, han salido de la música de Wagner y Beethoven especialmente.
Divergir por mil caminos distintos a la vez, cambiar de ritmo paso a paso, mirar a un lado y al otro, pisar con fuerza el légamo que solo las aves pueden ver, romper los espejos de la falsa percepción, quemar las hojas que parten el cielo en dos. Subir hasta la cima, tocar las nubes, romperlas y lanzarlas contra las estrellas, dormir sobre las piedras afiladas de la vida. Pasear por bosques que jamás han sido divisados por ningún ser irracional, luchar contra muerte y matar a la vida. Correr, ahora debo correr. No mirar atrás, no hasta llegar a la columnata blanca. Allí acaba el camino de la luna. Negras tormentas, y radiantes escalinatas que me lleven a la batalla. Allí platicaré con serafines, Ángeles, y nimbos rostros. Y al final, cuando todo tranquilo esté, robarle las flechas a Cupido y lanzarlas a un río. Bajar volando entre las nubes, perseguido por las figuras celestiales más hermosas, ellas lanzando sus insultos y yo lanzando mis sonrisas. Crear, dibujar, escribir, esculpir, y destruir, un infinito heteróclito y suave, puertas que se cierran y se abren, lagos que incineran las hojas tardías del Otoño, viscerales movimientos pendulares de un espacio insustancial, sin principio ni fin, sin ocasos ni vagidos, crecientes vertederos mentales enjaulados en las casas más elegantes. Y una vez abajo, una vez se ha tocado fondo, una vez el suelo ya no quema, volver a empezar, una y otra vez, siempre del mismo modo, no cambiar, evolucionar, seguir el curso, manchar el pasado y ahogar al futuro.